1.6.09

A veces solemos pensar que por tener muchos compañeros estamos bien acompañados. A veces nos dejamos guiar por la apariencia de las cosas y no nos percatamos de la verdadera escencia de ellas. Cuando no tenemos a nadie a nuestro alrededor, solemos sentirnos solos, como cuando somos chicos y perdemos aquel globo rojo que compramos esa tarde en el parque. Hay veces que ponemos demasiada confianza en una sola cosa, esperando que la misma nos devuelva todo lo que esperamos, como cuando nos enamoramos, por dar un vulgar ejemplo, uno se enamora y pierde la conciencia de las cosas, uno espera que esa persona colme y supere las expectativas que ponemos en ella, que devuelva lo que le damos… Porque cuando uno ama se siente al borde del abismo. El pasado se olvida, el presente se disuelve, el futuro no existe. Porque el amor es así, loco, impredecible, temerario. Te absorbe, te consume, te devora, te pone alas en los pies, cosquillas en el corazón, te hace reír, te hace llorar, te hace soñar. Te borra, quita de tu cabeza cualquier signo de coherencia, de hace feliz, pero también muy vulnerable. A veces duele ¿no? Duele que esa persona te falle, te mienta, te traicione… Entonces caemos en la cuenta de que tal vez no deberíamos haber puesto tantas expectativas en algo. Nos cerramos, nos enojamos con nosotros mismos, como si fuésemos los culpables de que esa persona te falle, optamos por aislarnos, buscando en esa burbuja una máscara que nos aleje del sufrimiento… y entonces ahí vuelve, ahí está, dormida sobre el alma, esperando el momento justo para salir… la soledad.

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